Cuando en 1950, con todo el entusiasmo y la fuerza de los años juveniles y el impulso de ideas, sueños y proyectos que nos impacientábamos por concretar en hechos, fundamos la Academia Cervantes, no pensábamos que podíamos llegar al lugar que hoy ocupamos en el concierto educativo de Río Cuarto y su vasta región.

Nuestros comienzos fueron modestos, pero siempre guiados por un profundo sentido de la responsabilidad que asumíamos, cuando nos dábamos cuenta que una miríada de jóvenes llegaban a nuestra casa con la esperanza de adquirir conocimientos y capacitación que les permitiera, aunque fuese en pequeña escala, mejorar su calidad de vida.

No podíamos defraudar a esa gente y por eso, a lo largo de más de medio siglo, nuestra filosofía no cambió y por ello, no dejamos jamás de realizar el máximo esfuerzo para mejorar la calidad de nuestra enseñanza, a través de la capacitación del cuerpo docente, la adaptación a la realidad que nos rodea de los planes de estudio y la incorporación de la más avanzada tecnología disponible en cada etapa de esta larga existencia de Cervantes.

Hoy nos enorgullecemos de ser uno de los centros privados de enseñanza de estudios superiores universitarios y no universitarios de mayor prestigio en el interior del país y de aquella academia, que hoy recordamos con el afecto que se le tiene a los hijos dilectos, en la que enseñábamos contabilidad, dactilografía y disciplinas parecidas, llegamos a ser la sede de la Universidad Católica de Cuyo y la Universidad de Mendoza; entidades que nos escogieron por reunir los exigentes requisitos que esas casas de estudios fijan para confiar la extensión de sus claustros a otras provincias Argentinas.

El camino recorrido ha sido largo, arduo, difícil, plagado de dificultades, pero todo ello ha tenido un premio que no tiene precio, como lo son los miles de alumnos que pasaron por nuestras aulas y se llevaron de ellas, un bagaje de conocimientos teóricos y pragmáticos que le dieron otro sentido y proporción a sus vidas. Es la medalla que podemos lucir como orgullo, porque significa que cumplimos con el sueño que en 1950 nos puso en esta senda de ayudar a nuestros jóvenes a labrarse un porvenir mejor.

Pero esta historia no termina aquí. Estamos abriendo un nuevo y brillante capítulo de incalculables posibilidades, generando un ámbito donde nuestros jóvenes encuentren una plena realización como futuros profesionales, para que a partir de su egreso, aporten su esfuerzo a la construcción del país que todos queremos para nosotros y nuestros hijos.

En este breve volumen le hacemos conocer de dónde venimos, qué estamos haciendo y hacia dónde queremos llegar. Espero que les sea útil, pero de todos modos, las puertas de nuestra institución no cierran jamás para los espíritus jóvenes e inquietos que buscan nuevas opciones de vida fecunda y un destino más luminoso.

Gracias por su atención y por su tiempo.

ALFREDO S. CUCCO.
Fundador de Cervantes
Agosto 2001